Ćl le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad». Marcos 5: 34
No conocemos su nombre, tal vez porque asĆ podĆa ser un sĆmbolo mĆ”s adecuado del ser humano en general. Era una mujer maltratada por las circunstancias.
HacĆa doce aƱos que llevaba en su cuerpo un terrible mal. Iba perdiendo sangre, dĆa tras dĆa. Y como la sangre es sĆmbolo de vida, esta mujer iba perdiendo la vida lentamente.
Sus sueƱos, su futuro, sus planes, todo se le escapaba como arena entre los dedos.
En esos tiempos una mujer con hemorragia no podĆa entrar en el templo de Dios. Oliere decir que la mujer de nuestra historia hacĆa por lo menos doce aƱos que estaba separada de la comunión con los hijos de Dios.
¿Puede haber un cuadro mĆ”s patĆ©tico para ilustrar la situación del pobre pecador que vive apartado de la iglesia porque el complejo de culpa lo hace sentirse indigno de ir al templo y alabar el nombre de Dios?
Doce aƱos es mucho tiempo. Cualquier hĆ”bito, cualquier vicio, cualquier rasgo equivocado de la personalidad se enraĆza profundamente en doce aƱos.
El pecado es algo serio. Son casi seis mil aƱos de existencia, es decir, sesenta siglos atormentando a la humanidad, deformando la imagen de Dios en la vida de las hombres.
Pero JesĆŗs vino a la Tierra justamente para arrancar el pecado de raĆz.
JesĆŗs no quiere curar solo las cosas externas. El sabe que el gran problema humano es el corazón, y estĆ” dispuesto a curar el pecado en su raĆz.
Hoy nos mira y dice: «Hijo, ven a mĆ trayendo tu vida como estĆ” y no te preocupes si estĆ”s asĆ hace dos, cinco, o veinte aƱos. Yo vine a este mundo para curarte, y lo harĆ© con toda seguridad».
Esa pobre mujer llegó a JesĆŗs abriĆ©ndose camino en medio de la multitud, y con fe tocó su manto. No se sentĆa digna de llamar la atención del Maestro. No se sentĆa alguien.
«Si toco tan solo su manto, serĆ© salva», pensaba, y el milagro sucedió. Entonces fue cuando oyó la voz maravillosa de JesĆŗs. «¿QuiĆ©n ha tocado mis vestidos?» (vers. 28, 30).
Jesús levantó los ojos para buscar a alguien. En medio de toda esa multitud y por mÔs que ella se consideraba indigna Jesús la valoró, le devolvió el sentido de dignidad, el amor propio.
JesĆŗs se detuvo en su viaje porque la mujer era importante. Despreciada y rechazada por su pueblo, para JesĆŗs era de un valor incalculable.
Ese maravilloso Jesús no cambió, continúa siendo el mismo. Continúa buscando a personas que se sientan indignas, para hacer de ellas las herederas del reino.
«Vete en paz y queda sana de tu enfermedad», dijo JesĆŗs.
Pero, aĆŗn antes de que JesĆŗs hablara ella ya se sentĆa curada, ya creĆa que su oración habĆa sido respondida.
El pecado ya no tenĆa poder. El dolor, el sufrimiento y la vergüenza habĆan llegado a su fin. Era una nueva mujer. Y todo sucedió en un segundo.
Dios no necesita mƔs tiempo para operar un milagro.
