«Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios». Marcos 16: 9
María Magdalena era una mujer especial a los ojos de Jesús. Fué tan especial como tú y yo podemos llegar a serlo.
Tal vez consigas entender mejor esto al pensar en los padres cuyo hijo a punto de morir recupera milagrosamente la vida.
Ese hijo llega a ser especial para ellos, no porque los otros hijos signifiquen menos, sino porque en algún momento parecía perdido. La vida de este último es una vida de gracia.
María era especial porque un día llegó a estar consumida por el pecado, pero había sido recuperada por el amor del Padre.
No fue fácil para ella entender que Jesús la había perdonado después de haber vivido tanto tiempo en medio de la basura de la vida. Pero el Redentor la llevó a confiar en su amor perdonador.
María había sido considerada como una gran pecadora, pero Cristo conocía las circunstancias que habían formado su vida.
Él hubiera podido extinguir toda chispa de esperanza en su alma, pero no lo hizo.
Era Él quien la había librado de la desesperación y la ruina. Siete veces ella había oído la reprensión que Cristo hiciera a los demonios que dirigían su corazón y mente.
Había oído su intenso clamor al Padre en su favor. Sabía cuán ofensivo es el pecado para su inmaculada pureza, y con su poder ella había vencido.
“Cuando a la vista humana su caso parecía desesperado, Cristo vio en María aptitudes para lo bueno. Vio los rasgos mejores de su carácter. El plan de la redención ha investido a la humanidad con grandes posibilidades, y en María estas posibilidades debían realizarse. Por su gracia, ella llegó a ser participante de la naturaleza divina” (El Deseado de todas las Gentes, pág. 521).
Aquí podemos ver el poder que tiene el amor para transformar una vida.
Muchas veces ella volvió a traicionar a su maestro y lo abandonó, pero Jesús le infundió la esperanza del perdón y la nueva aceptación.
De repente, ella comenzó a verse como Jesús la veía: "pura, noble y llena de posibilidades futuras".
Sólo entonces estuvo en condiciones de vencer. Un alma atormentada por el peso de la culpa no puede ser victoriosa.
Cuando nuestra mente cree que “somos un fracaso y no merecemos perdón”, tendemos a transformarnos en lo que creemos que somos.
Sin embargo, si comenzamos a pensar que somos pecadores perdonados y rescatados por la sangre de Jesús para vivir sus grandes obras de victoria, pasamos a vivir como personas victoriosas.
María venció. Después de un fracaso tras otro ella creyó en el poder transformador de Jesús y fue transformada.
¿Y tú? ¿Le prometiste muchas veces a Jesús que andarías con Él y volviste a ser como antes? Búscalo diariamente y no te apartes de Él en ningún momento del día.
