Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergĂĽenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad. Hebreos 11:16
Les deseo un feliz año nuevo. El año viejo con su carga de registros, ya pasó a la eternidad.
Que cada pensamiento, cada sentimiento, se dedique ahora a recordar el amor de Dios. Rememoremos una a una sus bendiciones...
Las evidencias que tenemos del cuidado y del amor de Dios por nosotros se expresan en las lecciones que Cristo dio a sus discĂpulos acerca de las cosas de la naturaleza...
No debe concentrarse la atenciĂłn sobre lo deforme, sobre la maldiciĂłn, sino en las riquezas de la gracia de Cristo que han sido provistas tan abundantemente, de tal manera que podamos vivir en este mundo y realizar nuestra parte en favor de la humanidad y sin embargo, no ser del mundo.
Como peregrinos, como extranjeros que anhelamos las cosas brillantes de Dios, el gozo que está por delante, que buscamos una ciudad cuyo artĂfice y hacedor es Dios, que contemplamos las provisiones hechas en nuestro favor, las mansiones que JesĂşs ha ido a preparar para nosotros, y que hablamos de ese bendito hogar, nos olvidamos de las molestias y de los incĂłmodos cuidados de esta vida.
Nos parece estar respirando la misma atmĂłsfera de ese paĂs mejor, celestial. Nos sentimos aliviados, consolados; pero aun más, nos sentimos gozosos en Dios.
No podrĂamos conocer los propĂłsitos llenos de gracia de Dios hacia nosotros si no fuera por las promesas, porque solamente a travĂ©s de ellas podemos saber quĂ© es lo que El ha preparado para aquellos que le aman.
Como las flores en el sabio plan de Dios, que están constantemente extrayendo las propiedades de la tierra y del aire para desarrollarlas en los puros y hermosos capullos que exhalan su fragancia para deleitar nuestros sentidos, asà debiera ser también con nosotros.
Extraemos de las promesas de Dios toda esa paz, ese consuelo, esa esperanza que desarrollará en nosotros los frutos de la paz, del gozo y de la fe. Y al incorporar estas promesas en nuestra propia vida las introducimos también en las vidas de otros.
Por lo tanto, apropiĂ©monos de estas promesas... Ellas son como las preciosas flores del jardĂn de Dios.
Deben despertar nuestra esperanza y expectativa, y conducirnos a una firme fe y confianza en Dios. Deben fortalecernos en la tribulación y enseñamos las preciosas lecciones de la confianza en Dios.
En estas preciosas promesas Él retrocede a la eternidad y de allà nos da un resplandor de ese mucho más abundante y eterno peso de gloria. Estemos, entonces, quedos en Dios.
Confiemos calmadamente en Él y alabĂ©mosle porque nos ha mostrado tales revelaciones de su voluntad y propĂłsitos para que no fundamentemos nuestras esperanzas en esta vida sino que mantengamos la mirada hacia arriba, a la herencia de luz, a fin de ver y percibir el asombroso amor de JesĂşs.—Carta 27, del 1 de enero de 1886, dirigida al Dr. J. H. Kellogg y Sra. *
Tomado de: «Alza tus ojos»
Ellen G White - 1 de Enero
*Año bĂblico: GĂ©nesis 1-3.
