“El alma generosa será prosperada; y el que saciare, él también será saciado”. Proverbios 11:25
El Señor ha hecho que la proclamación del Evangelio dependa de la consagrada capacidad y de las ofrendas voluntarias de su pueblo.
Al paso que ha llamado a hombres para predicar la Palabra, ha convertido en el privilegio de toda la iglesia el participar en la obra por medio de la contribución de sus recursos para su sostén.
Y les ha confiado también el cuidado del pobre, como representante suyo.
El diezmo de todos nuestros ingresos reclama el Señor como suyo, para que sea consagrado únicamente a sostener a aquellos que se dan a sí mismos para la predicación del Evangelio.
Y además de esto nos pide nuestras ofrendas y donaciones para su causa, y también que suplamos las necesidades de los pobres...
El Señor está siempre confiriendo sus bendiciones y mercedes sobre los hombres. Si nos quitara estos dones, pereceríamos.
Cada momento tiene presente a su familia humana.
“Hace salir su sol sobre malos y buenos, y ... hace llover sobre justos e injustos”*. Mateo 5:45
Él nos da “lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría nuestros corazones”. Hechos 14:17.
Es Dios quien da a los hombres el poder para obtener riquezas. El pensamiento ágil y penetrante, la habilidad de planear y ejecutar, son de él.
El es quien nos bendice con salud y abre caminos para que obtengamos medios por el diligente uso de nuestras facultades.
Y nos dice: Una parte del dinero que he permitido que ganéis es mío.
Ponedlo en la tesorería en diezmos, en dádivas y ofrendas, para que haya alimento en mi casa; para que allí pueda servir para sostener a los que llevan el Evangelio de mi gracia al mundo.—The Review and Herald, 9 de mayo de 1893.
Tomado de: «En los lugares celestiales»
Ellen G White - 23 de Octubre
