«¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios y dado a los pobres?» Juan 12:5
Judas era un hombre que conocía el precio de cada cosa, y también de aquello que no tenía ningún valor. Con la eficiencia de un administrador, calculó el monto del derroche de María. Si no conociéramos la historia completa, su queja podría parecer legítima.
¿Era aceptable su actitud? ¿Se podía llamar eso buena mayordomía? Juan nos revela los motivos detrás de la queja de Judas: «Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón y, teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella» (Juan 12:6).
No estaba preocupado por los pobres, sino por sí mismo. Su lema era: «Menos para Jesús y más para mí».
La actitud de Judas no difiere mucho de la de muchas personas hoy. Como los fariseos, muchos dan solamente lo que Dios requiere.
Se preguntan: «¿Cuál es la cantidad mínima que puedo dar o hacer y aún considerarme cristiano?». Van a la iglesia sin un sentido del deber, leen la Biblia apresuradamente, oran si hay tiempo, y ponen unas monedas en la ofrenda sin entregar el corazón.
Quienes menos se interesan en servir y ayudar en la causa de Dios son los que más critican a los heraldos del evangelio en su lucha diaria por el reino de Dios.
En cambio, los que trabajan con denuedo y son colaboradores generosos son quienes avanzan en la trinchera del conflicto cósmico que Cristo libra contra Belial.
Judas no se interesaba por los pobres; los veía como una carga. Sus motivos eran egoístas y su corazón estaba lejos de Jesús. Todo acto altruista le parecía desperdicio. Horas después, el Salvador lo llamaría «hijo de perdición», literalmente «hijo del desperdicio».
Jesús es amor. Todo lo que le entregues será ganancia multiplicada por mil. No es ningún desperdicio rendirse a sus pies y prometer lealtad a su nombre. Judas se equivocó. Tú acierta.
Juan O Perla - 22 de Noviembre
