Vive hoy como si fuera el último día - Palabras para vida eterna

DIOS NO SE OLVIDÓ DE TI

Vive hoy como si fuera el último día

«Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas». 2 Pedro 3:10

Una antigua anécdota cuenta que San Francisco de Asís recibió la visita de uno de sus parroquianos, mientras limpiaba y cultivaba su huerta:
Vive hoy como si fuera el último día
«Hermano Francisco -preguntó el hombre-, ¿qué haría usted si supiera que el Señor regresa mañana?».

El anciano sabio se irguió por un momento, apoyándose en su azadón, y luego habló con voz firme: «Pues creo que terminaría de limpiar mi huerta».

Dick Winn pregunta: «¿En qué forma sería su vida diferente si supiera que Jesús viene dentro de dos meses? ¿Es el estilo de vida de jesús valioso solo porque él viene pronto?

¿O usted continuaría viviendo como lo hace, aunque supiera que Jesús no vendrá en los próximos doscientos años»

Estas palabras son dignas de la más profunda meditación. ¿Es valioso el estilo de vida de Jesús solo porque es urgente?

Los cristianos corren el peligro de vivir “bien” si existe la posibilidad de que Jesús vuelva hoy o de que mueran mañana.

Si no hay amenaza de ninguna de estas dos eventualidades, entonces, no nos afligimos, aflojamos el paso y soltamos las amarras. Como si el cristianismo estuviera sujeto a las emergencias.

Sabemmos bien, sin embargo, que la vida del cristiano no depende ni de la amenaza de muerte ni de la proximidad de la venida de Jesús.

El cristiano vive fielmente porque es la voluntad de Dios que viva así.

Una preciosa poesía atribuida, entre otros, a Santa Teresa de Jesús expresa de forma sublime que ni promesas ni amenazas afecta la vida del cristiano.

No me mueve, mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometido; ni me mueve el infierno tan temido para dejar, por eso, de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte, clavado en una cruz, y escarnecido; muéveme ver tu cuerpo tan herido; muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tus amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero, te quisiera.

Aunque es cierto que una compresión de las profecías de los acontecimientos finales podrá lograr mi atención, solo una amistad intima y continua con Jesús puede enseñarnos a ser justos y a vivir justamente.

Tomado de: «Siempre Gozosos»
Juan O Perla - 4 de Abril