«Alzaré mis ojos a los montes ¿De dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra». Salmo 121: 1-2
Además de la belleza, la majestuosidad, y la sensación de solidez, firmeza y seguridad que ofrecen las montañas y las colinas, ¿qué más ofrecían los montes, cuando David escribió el Salmo 121?
En esa época, la tierra de Israel estaba invadida por prácticas de los gentiles que la rodeaban. Gran parte de su religión se practicaba en las cumbres de las colinas.
Establecían santuarios, plantaban árboles y el pueblo era atraído a los montes para adorar a los ídolos.
Creían que el culto a los ídolos mejoraría la fertilidad de la tierra, que los haría sentirse bien y los protegería del mal.
Había panaceas, protecciones, hechizos y encantamientos contra todos los peligros del camino.
Si las personas temían al calor del sol, allí, en las montañas, estaban los sacerdotes que los protegerían del calor del sol. Si tenían temor a las influencias, consideradas temibles, de la luz de la luna, allí estaban las sacerdotisas de la luna, quienes vendían amuletos.
Si alguien estaba acosado por los demonios, era invitado a subir al santuario en las colinas para aprender las fórmulas mágicas que los protegerían de todo daño.
El salmista pregunta ante tanta oferta tentadora de las montañas: ¿De dónde vendrá mi socorro, mi ayuda?
¿De Baal? ¿De Asera? ¿De los sacerdotes del sol? ¿De la sacerdotisa de la luna?
El salmista responde con un rotundo «No».
De allí no puede venir ninguna ayuda. A pesar de toda la majestad y la belleza de la callada fortaleza de las montañas, de allí no puede venir ninguna ayuda.
Una mirada a las montañas para buscar ayuda termina en chasco y desilusión: «Ciertamente son un engaño las colinas y una mentira el estruendo sobre las montañas». (Jeremías 3:23)
Incluso en nuestros días, cuando nos encontramos angustiados por los problemas y situaciones difíciles de la vida, cuando atravesamos el valle de sombra de muerte y buscamos socorro, algunos discípulos del Señor Jesucristo levantan su mirada hacia las montañas y aparecen los ofrecimientos de ayuda, instantáneos y numerosos.
¿Hay solución para nuestros problemas en las montañas? ¡No!
La ayuda proviene solamente del Señor, del Creador del cielo, de la tierra y de las montañas.
Fuera de él todo es falsa seguridad, ilusión y engaño.
Rechacemos la adoración de la naturaleza. No aceptemos una religión de estrellas y de las flores, que quiere enlazar nuestra alma con las montañas.
Dirijamos hoy nuestra mirada hacia Aquel que creó el cielo y la tierra. La ayuda proviene del Creador, no de la creación.
Tomado de: «Siempre Gozosos»
Juan O Perla - 11 de Abril
Juan O Perla - 11 de Abril
