«Y, en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán; a las aves de los cielos, y ellas te lo mostrarán; o habla a la tierra, y ella te enseñará; los peces del mar te lo declararán también. ¿Qué cosa de todas estas no entiende que la mano de Jehová lo hizo?» Job 12: 7-9
Preguntar algo a las bestias de la tierra y a las de los cielos es entablar un diálogo con la naturaleza.
Hablar a la tierra y a los peces del mar es entablar una conversación con la naturaleza. Se nos aconseja entablar ese diálogo. Se nos aconseja conversar con la naturaleza.
Lo malo es que la vida cotidiana que vivimos muchos de los cristianos no nos permite dialogar con la naturaleza tanto como deberÃamos.
Como dice Ben Clausen, “además de la luz y otras formas de energÃa, el universo está formado de materia.
La cubierta de aire y agua de la tierra, por ejemplo, hace la vida posible.
El veinte por ciento de oxÃgeno y el ochenta por ciento de nitrógeno de la atmósfera representan una mezcla ideal de gases.
Más oxÃgeno harÃa que fuese casi imposible controlar los fuegos, y menos oxÃgeno serÃa insuficiente para la vida.
El agua cubre el setenta por ciento del planeta y constituye más de la mitad de nuestro cuerpo.
Su capacidad para absorber altas temperaturas hace descender las fluctuaciones de temperatura de ia tierra a un nivel aceptable para la vida.
A diferencia de la mayorÃa de las sustancias, el agua se expande cuando se congela, lo que hace que el hielo flote; de otra manera, los mares se congelarÃan de abajo hacia arriba”.
La tierra tiene las propiedades exactas para sostener ia vida.
La velocidad de su rotación es suficientemente rápida para asegurar un clima uniforme en casi toda la tierra, pero no tan rápida que cause un efecto «tÃo vivo» o carrusel.
La fuerza de gravedad de un planeta mucho mayor serÃa demasiado pesada para los seres humanos. Una tierra más pequeña, con menor atracción de la gravedad, no podrÃa retener la atmósfera.
Y ya no tenemos espacio ni tiempo para preguntarles a las aves, que van desde el colibrÃ, que pesa treinta gramos y puede batir sus alas doscientas veces por segundo, hasta el avestruz de 130 kilos, que puede correr a cincuenta kilómetros por hora y tiene una zancada de siete metros de largo.
Si conversáramos más con la naturaleza, ¡cuántas cosas nos dirÃa!
Cuando vemos las maravillas y singularidades de la naturaleza, nos emocionamos para decir: «Oh Jehová, Señor nuestro, cuan grande es tu nombre en toda la tierra». Sal. 8:9
Tomado de: «Siempre Gozosos»
Juan O Perla - 7 de Marzo
Juan O Perla - 7 de Marzo
